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Reflejos

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Ínfima, es aquella única ventana
para vivir lo que nos toca vivir. 
Se desparrama el hilo conductor
y no hay osadía para cruzar el cielo. 
El corazón que no habla.
El halcón que no vuela.

Parece obvio, pero a veces
es un laberinto sin control,
el capricho, el silencio, 
el desdén y la ausencia.
Es patético medirlo.
Es difícil aceptarlo.

Mi boca, está sellada
para bien o para mal,
de palabras sin sentido.
Pero, mejor no me callo,
porque ahora la consciencia
me reclama puerta afuera.

Es cierto, que esperaba 
un premio o un castigo,
pero todo este tiempo hurtado
y que ahora me hace falta,
se escabulló desde la ciénaga 
con impecable tatuaje.

Temeroso, de la fe 
cuasiperdida como antorcha
en la oscuridad intemporal,
decapito los días muertos,
y amaestro esa mandolina
con que el verso nos retrata.

Mis ojos, ansían contemplar 
el paisaje con la huella que levanta,
pues el polvo ya me alcanza
ahora que los bárbaros, incorruptos,
sonríen con rostro burlesco 
al perfil de mis reflejos.

Madurez

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Mi verdadera madurez...

No fue evaluando los raspones de mis caídas,
sino cuando se me permitió 
observar detalladamente las escenas del tropiezo. 

Mi verdadera madurez...

Fue cuando reconocí que mis mañanas,
son pura especulación de las probabilidades,
por tanto agradecí humildemente al Señor
de las matemáticas simples, que hoy me permitieron despertar.

Mi verdadera madurez...

Fue cuando reconocí en mis ayeres,
mis errores y mis aciertos, mis desesperadas indecisiones,
como si fuesen la sabiduría que necesito,
tan solo para vivir este día. Un solo día.

La verdadera madurez...

Fue cuando me atreví a ofrecerme toneladas de esperanza
con un miligramo de letras envueltas en papel de regalo,
cuando no poseía ni un ápice de fe, en la vida.

Ni en mi.


Re[a]nuncié

1 comentario:
Hoy decidí renunciar.

A la grandiosa deidad
de mi jefe en su_puesto.
A mi empleo.

A calcular tanto número
sin deterneme en el riesgo
del error milimétrico.

Al solapado trato personal,
amable, caporal y grosero,
que siempre me mantuvo, con miedo.

¡Sí! Hoy me cansé de callar
tanta vesania que llevo.
Pero no dije nada, sólo hasta luego.

Me quedé sin salario.
Sin mesada.
Sin sueldo.

¿Pero qué le voy a hacer?
Si solo Dios basta,
dijo una Santa.

Si todavía conservo
mis manos, mis piernas,
y el cuello.

Todavía conservo
la sonrisa de mis niños,
y sus juegos.

Y todo esto me muestra
que no renuncié todavía,
a mis sueños.

Necesito reconstruir mi morada,
mis planes, mis proyectos,
con las pocas cosas que anhelo.

Quizás venda una casa,
o regale mi carro
para irme a caminar a un potrero.

Quiero verme sonreír desde el alba,
y desacelerarme hasta el ocaso.
Nunca más jugaré de ingeniero.

Todavía me queda una cana al viento,
suficiente papel en blanco
dentro del cerebro,

las neuronas recién despiertas,
y muchas dosis de tinta,
en mi rellenado tintero.